domingo, 3 de octubre de 2010

ALMAS

1. La de mi padre

Le agarró del cuello como si fuera un tocino. Mi padre agarró del cuello a mi hermano y lo zarandeó con fuerza, le puso un cuchillo en la boca y dijo: «¡Dime que vas a matarme, anda, dímelo!». Miré a mi padre a la cara mientras mi madre intentaba calmarle: «Venga, déjalo. ¿No ves que son niños?». Miré a mi padre a la cara mientras él respondía: «Y una mierda»; y pensé: «Va a matarnos».

2. La de mi hermano

«Lo raro es vivir», pienso, y lo supe desde que me hice mayor. Porque lo bueno y lo malo es que no se es siempre pequeña. Yo parecía mayor a mis once o doce años. Tenía unas piernas muy largas, me las miraba desde arriba y nunca se acababan. Mi hermano se cogía a ellas algunas noches y yo le susurraba: «¿No puedes dormir?», porque él gemía y se aferraba a ellas. «¿Quieres que te acaricie la espalda?» Y entonces se quedaba mudito como una mariposa helada, perdido en lo lejos de lo lejos, y cuando yo notaba que se dormía me cosía a la pared para que él, medio dormido ya, se acomodase; y me levantaban los gritos de papá y la boca de mi hermano gimoteando en mi barriga, y sus brazos, y mi espalda rota... Oíamos la voz de papá cada vez más alterada. «Se están peleando», decía mi hermano. Yo respondía quedamente: «Sólo discuten un poco, no es nada». Pero me quedaba callada en la cama y junto a sus brazos y su boca, mi espalda vidriosa. Volvía la cabeza con gesto preocupado como suelo hacerlo ahora cada vez que mi hermano deja el tenedor en la mesa y repite: «Estoy en un callejón lleno de moscas, si sólo pudiera abrirme los ojos con una navaja para verlo todo de otra forma...». Y yo trato de reírme llamándole bobo y le miro a los ojos y encuentro sus uñas asidas a sus dientes porque sabe que ya no es un niño ni puede dormir en mis piernas; entonces advierto que cualquier día de éstos va a llegarme su ausencia y se me caerá el mundo roto entre mis dedos frágiles de marioneta herida.

3. La de mi madre

Recuerdo de mi madre los ojos, alguna de sus canciones y el único día que me cogió en brazos, corriendo calle abajo, entre la multitud, huyendo de la policía. Giraba la cabeza con miedo para cerciorarse de que los agentes estaban lo suficientemente lejos como para escapar de sus porras y luego seguía corriendo como si le fuera la vida en ello, sintiendo debilitarse sus brazos por mi peso. Yo me agarraba fuerte a ella y mi madre repetía: «Eso es, cariño, cógete fuerte»; y yo volvía a aferrarme al cuello blanco de mi madre. Y cuando sus piernas no resistían, se cobijaba en cualquier portal y me susurraba que me tapara la pegatina que llevaba en el jersey, a la altura del corazón, con el anorak. Yo, que solía ser curiosa, le preguntaba que por qué, y mi madre me apretaba más contra sí y me decía: «Cállate». Pasaba la policía corriendo, agitando sus porras, por delante de nosotras, y casi no nos veían, parecíamos una madre asustada con su niña en brazos a quienes había sorprendido la manifestación en medio de la calle, al volver a casa. Y al pasar los agentes, mamá escondía mi cabeza en su pecho y yo me reía y le susurraba: «Nos estamos escondiendo de ellos, ¿verdad?».

4. La mía

Soñaba ser trapecista. Me imaginaba con un corsé azul lleno de estrellas plateadas saludando al público con los brazos alzados y extendidos, sonriendo, mi pie derecho delante del izquierdo, en punta. Un foco iluminaba mi cara risueña, maquillada, la sombra de los ojos llena de purpurina para que, al volar sobre el trapecio, los puntos dorados encendieran la carpa, para que una lluvia de diminutas pepitas de oro cayera desde mis ojos a la arena de la pista. Me convertía en una paloma libre y osada que probaba piruetas arriesgadas y complejas: mis fuertes brazos agarrados al trapecio, mis piernas delgadas abriéndose como girasoles aferrados a los días de verano. Y los niños abrían mucho los ojos y se tapaban la boca con ambas manos suspirando: esa marioneta que aleteaba encima de sus cabezas, deslizándose sobre el trapecio, columpiándose sobre el viento, tendría sólo unos once o doce años.

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